Entró un guardia en nuestra celda. Mi hijo, Mikhail Ivanovich, inmediatamente se interpuso entre el visitante y mi maltrecha humanidad. El soldado no venía para llevarse a ninguno de los dos. Estaba ahí para darnos un mensaje. Empezó por decirnos que la emperatriz Anna Ioánnovna Románova estaba muy disgustada por el fracaso que recién habíamos tenido. Sin embargo, estaba dispuesta a darnos una segunda oportunidad. Que si lográbamos construir la campana más grande que el mundo nunca hubiera visto y cuya sonoridad se pudiera escuchar a todo lo largo y ancho de Moscú, se nos perdonaría y podríamos seguir nuestras vidas de forma normal. Se nos dijo que nos darían todas las facilidades para desarrollar el trabajo, pero que seguiríamos presos. Contaríamos con ayudantes para el trabajo duro y guardias para vigilarnos durante toda la jornada de trabajo. A partir de ese día de agosto, tendríamos hasta finales de noviembre para terminar nuestra obra y que de no hacerlo bien, seríamos ejecutados por desobediencia a los designios de la Madre Rusia.
