Te lo cuento antes de que se me olvide: circulaba por una céntrica avenida del DF cuando de pronto me vi en la necesidad de pasarme al carril derecho para girar en la siguiente esquina. El tráfico estaba denso, como de costumbre en un lunes al medio día. Miré por el retrovisor y me encontré con el depredador de los caminos: un feroz microbus avanzaba a escasos centímetros de mi vehículo. Aunque supe que sería inútil, procedí a poner mis direccionales en un inocente intento por pedir el paso.Cuál sería mi sorpresa que el pesero, al ver mi suplicante solicitud, redujo su velocidad para cederme el paso. Confundido ante la inesperada cortesía, dudé en tomar el lugar por unos segundos. Fue entonces cuando el chofer de la unidad asomó la cabeza por la ventanilla y, lejos de lanzar algún improperio, se dirigió a mí para decir –pase, amigo, pase–. Ya para este momento yo no daba crédito a lo que sucedía. Cambié de carril y más adelante di vuelta. Paré mi coche un momento para observar un poco más al singular personaje. Tuvo que detenerse en la misma esquina porque después de que yo pasé le tocó el alto. No sólo respetó la recién puesta luz roja; también evitó invadir la zona de cruce peatonal. Me percaté de que una señora de edad avanzada tenía la intención de abordar el microbús y me quedé boquiabierto al ver al chofer bajar de la unidad para, de forma por demás amable, ayudar a la ancianita a subir.
De pronto, un claxon diluyó la fantasía. Esto que acabas de leer no fue más que una alucinación que podría tener lugar en Zurich, Londres o Estocolmo (si es que allá existen estos peculiares transportes); pero no en la capital mexicana. Dicen que el secretario de la SPDF, Hiram Almeida Estrada, va a poner en capacitación a miles de operadores de transporte público. ¿Será que les pueda bajar el nivel de cavernícolas que tienen?
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