Sentarse en una banca a mitad del parque y conversar de toda una vida tiene el mágico efecto de transmitir experiencias, anécdotas y, en algunas ocasiones, sentimientos. La vida es un camino que todos andaremos de forma irremediable; pero pocos lo gozarán de principio a fin, sin importar todo el dolor que puedan encontrar. Algunas veces las puertas a la felicidad se disfrazan de tragedias y para sobrevivir no hay mejor receta que hacer el amor, y al terminar volverlo a hacer, una, y otra, y otra vez. Así más o menos la vida de dos almas que desde niños se encontraron para nunca más separarse, en la vida o en la muerte: Wenses y Lala.
La puesta en escena de Wenses y Lala apela al sentimiento del público apoyada en las brillantes actuaciones de Teté Espinoza y Adrián Vázquez. Ellos dan vida a una pareja de pueblerinos que nos contará su historia, la forma en que de niños se conocieron, los traumáticos acontecimientos que los unieron y la serie de situaciones, algunas trágicas y otras chuscas, por las pasaron a lo largo de sus vidas. Ambos protagonistas están bien logrados en el escenario. Tal vez Adrián exagera algunas de sus formas al intentar dar énfasis en el hecho cómico de la timidez de Wenses. A nivel personajes, el problema más explícito tiene que ver con el léxico; sin embargo eso es parte de un problema más grande relacionado con la dramaturgia que se abordará más adelante. La sencillez de la escenografía, el vestuario y la presencia de los dos actores están en total armonía y consiguen el objetivo de crear una atmósfera relajada y hasta un tanto provinciana.
Dirección y dramaturgia corren a cargo del mismo Adrián Vázquez. El hecho de tener al escritor como director y actor lleva la ventaja de que el resultado es la obra tal cual el concepto que habita en la mente del creador. Si uno parte del texto, se da cuenta de que la puesta en escena está enriquecida por decenas de detalles, actitudes y frases que simplemente no aparecen en el guión. Wenses y Lala está escrita como una guía narrativa con severos problemas y carencias en su misma dramaturgia. Es muy arriesgado lanzar al escenario dos personajes que, lejos de tener algún objetivo o deseo explícito, se sientan delante del público a contar, de buenas a primeras, su historia. Esto obliga a los actores a una inmediata empatía como único recurso para enganchar a su audiencia, cosa que no siempre se va a conseguir. Otro problema radica en la concepción del tono provinciano que no es preciso, en parte también porque hay una desorientación cronológica a lo largo de toda la obra. Por momentos parece que los personajes cuentan hechos acontecidos a mediados del siglo pasado con un lenguaje propio de tiempos más modernos. La línea del tiempo en la obra es manipulada de forma arbitraria para forzar situaciones e, incluso, lanzar chistoretes. El desenlace es repentino y por momentos parece que las canciones se usan para llenar tiempo más que como complemento dramático.

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