Terminaba la calurosa primavera del año 1690 en la Nueva España. La Ciudad de México, capital del virreinato, había vivido una hermosa temporada llena de flores y verdes prados. En la Alameda Central, entre unos viejos álamos, se escondía una pequeña madriguera en la cual doña Anastasia Conejina había dado a luz a su trigésimo cuarta generación de saludables y juguetones conejitos. Ella y su marido, don Anatolio Conejín, habían decidido que ésa sería su última crianza, pues estaban cansados y viejos, de manera que ya no tendrían fuerzas para educar y alimentar a otros quince conejitos de una nueva camada.
—Si invitáramos a todos nuestros descendientes a comer —decía don Anatolio Conejín—, por lo menos quinientos cubiertos en la mesa habríamos de poner.
Muy de acuerdo estaba doña Anastasia Conejina y ni un momento dudaba en darle la razón a su marido:
—Así es, amado esposo Anatolio Conejín. Y es aquí de frente que os juro, que ya no más infantes habré yo de parir.
Mas el destino, siempre atento a burlar promesas hechas por mortales, a doña Anastasia Conejina una sorpresa le guardaba, de condiciones extra normales. Y es que al tercer día de haber parido, justo cuando don Anatolio paseaba a los infantes por los prados de la Ciudadela, un retortijón inoportuno a doña Anastasia vino a perturbar.
– ¡Ay de ti, pequeño bárbaro! ¿Qué horas son estas de nacer? Tus hermanos ya corren por el prado, y tú aquí, apenas has llegado. ¡Ay de mí, qué desamparo! Una promesa he hecho, que no puedo ya romper.
El pequeño conejito grandes ojos negros tenía; pardo pelaje, igual que sus hermanos lucía, pero sus orejitas más bien pequeñas, a su madre le parecían.
—Antes de que tu padre regrese, algo contigo he de hacer. Que me perdone el cielo, yo ruego, mas la cuenta de mis críos al nacer, aquí en uno más, por mi promesa, ya no puede crecer.
Y así, sin pensarlo dos veces, doña Anastasia Conejina a su pequeño hijito en una canastita puso y a la calle se lanzó, a buscarle un buen refugio. Caminó y caminó, horas y horas, hasta que a otro poblado llegó y tratando de encontrar el mejor hogar para su pequeño, una gran puerta escogió. Ahí a su pequeñito dejó, no sin antes una lágrima derramar, a su conejito con mucho amor besar, y en la canasta, una breve nota dejar: "Bendito sea usted, de misericordia llena, la persona que a mi hijito una vida de bien provea. Mi corazón se parte en mil pedazos, mas mi circunstancia a esto me obliga. Aquí le dejamos sus padres, Anastasia y Anatolio, a su pequeño conejito, que bien pueda ser conocido, como Anito el huerfanito."
Fue así como el conejito llegó a su nuevo hogar, el Convento de San Jerónimo, donde varias monjas de aspecto muy singular, a nuestro buen conejito, la bienvenida se apresuraron a dar. Muy pronto Anito el huerfanito a la vida tuvo un feliz despertar. Entre sus principales amigas varias monjas él podía contar. Sor Rita, como su más fiel cuidadora se distinguía, y es que a la hora de la comida, ella a alimentarse muy bien lo instruía.
—Que avena no falte en tu plato, te acabas todas tus yerbitas, no me dejes migajas de nabo y mucho menos tus zanahoritas.
Para jugar y aprender, nadie mejor que Sor Raimunda, que al conejito por las tardes, a la biblioteca a leer llevaba. Las horas ahí como aire en las manos se les iban volando. La monja además, todos los días se asombraba, de ver al conejito voraz, cómo libros y libros terminaba.
—No lo puedo creer —decía Sor Raimunda impresionada—, a nadie había visto leer con tanta atención y soltura, nomás falta que después, te vuelvas una intelectual criatura.
Y como bien puede usted recordar, ya le había dicho que al destino le encanta jugar. Más tardaron estas palabras en ser dichas, que un velo de prodigiosidad, sobre Anito el huerfanito, vino su vida a cambiar.
Pasaron semanas y meses, y el conejito cada vez más y más interesado en los libros estaba. Tanta era su dedicación, que a Sor Rita el almuerzo pedía a su habitación. Al cabo de medio año, ya no sólo libros Anito leía sin parar; también pliegos, tinta y plumas, a Sor Raimunda le pedía comprar.
Los meses pasaron y las religiosas del convento maravilladas estaban, de tener entre sus inquilinos, a una pluma muy destacada. El conejito dio muestras de sublime inspiración: poemas, odas y cuentos, él escribía sin gran complicación.
Todo parecía ir bien en la vida del conejito, pero una nube se cernía sobre su futuro. Y es que no todas las monjas del convento, maravilladas estaban con su talento. Una gris, oscura y lejana celda albergaba, a una triste monja, que al escritor huerfanito amenazaba: se trataba de Sor Juana.
Coincidió con el cumpleaños número dos del conejito, que una terrible epidemia al convento azotó. Sor Juana la oportunidad aprovechó y del Apocalipsis, a Anito el huerfanito acusó. Sor Rita y Sor Raimunda murieron, y tal tristeza al conejito embargó, que días antes de su muerte, su propio epitafio en una piedra esculpió.
“Monjas necias que acusáis, al conejito sin razón, sin ver que sois la ocasión, de lo mismo que culpáis.”
FIN
@xosemamero

No hay comentarios.:
Publicar un comentario